Entró de puntillas y casi conteniendo la respiración para evitar cualquier mínimo ruido. No estaba segura de que en aquella casa hubiese alguien a esa hora pero su madre siempre le había dicho eso de "más vale prevenir que lamentar" así que si hacía falta contener la respiración, Morgana la contendría.
Tras recorrer tres de las estancias, se paró en seco y tragó los dos centímetros cúbicos de saliva que tenía acumulados en su garganta. Al tiempo, una sonrisa giocondiana forzó el estiramiento de sus comisuras, las pupilas se dilataron y su hasta ahora pausada respiración se aceleró como un muñeco de cuerda.
Estaba en la habitación de una de las niñas. Cuando juntó con la vista las letras de madera que coronaban la cama supo que su nombre era Daniela. Morgana no era de mucho fisgar así que fue directa hacia su presa y cogió sin reparo el paquete de tizas de colores que había junto a la pizarra. ¡Estaba prácticamente entero!. Probablemente era uno de los últimos paquetes de tizas que quedaban en el planeta Tierra y ¡estaba lleno! Eso sí que era suerte y no encontrar un trébol de cuatro hojas...
Volteó la caja y dejó que asomasen las tizas por la ranurita: naranja, amarillo, celeste, morado... ¿y el verde? ¡Puf! Del verde sólo quedaba media tiza y precisamente era su color preferido desde que era niña. En fin...
Morgana, aún nerviosa, metió aquella caja dentro de su bolso y regresó sobre sus propios pasos.
Se había nublado el sol y el viento zarandeaba con delicadeza las hojas que aún sobrevivían en las lacónicas copas de los árboles.
Recorría las calles a un paso ligero pero con cierta cautela, y sobre todo, con cien ojos puestos en cada individuo que paseaba su cuerpo a menos de veinte metros, observando y prediciendo las intenciones y profesiones de cada alma anónima.
Morgana no dudaba en cambiarse de acera si intuía qe la figura que se aproximaba era un policía vestido de paisano.
Pero claro, tanta dist

racción ajena le hizo desorientarse hasta tal punto que cuando quiso darse cuenta no fue capaz de discernir dónde est
aba exactamente. ¡Mierda! Se había perdido y no recordana ninguna referencia de dónde había aparcado su Renault 21 ¿Derecha? ¿Izquierda? Los inputs visuales no paraban de bombardearla y la pupila empezó a movérsele como si padeciese nistagmo. Estuvo a punto de caerse desplomada del mareo que le dio así que optó por meterse en un bar a tomar un Vichy Catalán; la entró a degüello y no tardó ni tres minutos en beberse su botellín.
Justo cuando se iba, el camarero le dijo: “Schhh, chiquilla, que no te he puesto la tapa” “Da igual, si ya me voy” “Que no hombre que no... cómo te vas a ir sin tomarte unos cacahuetes o unas patatas aunque sea?” “Que da igual, de verdad caballero, es que me tengo que ir” “Bueno, pues toma, anda, coge esta bolsa de cortezas y te la comes por el camino”. Morgana cogió las cortezas y antes de meterlas en su bolso, palpó el interior... sí, la caja de tizas seguía ahí, en el departamento mediano.
Necesitaba ir cuanto antes a casa, necesitaba encontrar su coche como fuera.
De repente, a modo de iluminación, Morgana recordó una imagen: la del letrero de la calle. Le había llamado la atención que el cartel estuviese duplicado y que uno de ellos fuese en color, recordaba que había una cara... un rostro de alguien que le era familiar... ¡Fofó! ¡Sí, era la calle del payaso Fofó!
Entró de nuevo al bar y le preguntó al camarero. “¡Uy, eso está lo menos a 8 minutos caminando, eh guapa...”. Le indicó la ruta y a los 5 minutos y 30 segundos, Morgana estaba apuntando con el mando a su Renault negro.
¡Puf, por fin! Como si de un bunker en pleno bombardeo se tratase, se metió en el coche e hizo uso del cierre centralizado. Volvió a conectar su gps y una vez que llegó a casa, sintió la oscura necesidad de quedarse en el garage. Se sentía cómoda, libiana y protegida entre esa tapicería gris con lunares teja. De acuerdo, sí, su marido estaba en casa probablemente esperándola pero Morgana había decidido que aquella noche la iba a pasar en el garage.
Una sucesión de recuerdos familiares y estudiantiles golpeaban con nostalgia su cabeza mientras las alas del águila de los recuerdos rozaban sutilmente su memoria a largo plazo; hasta que, entre fotograma y fotograma, se coló la imagen de las tizas de colores. Las rescató de su bolso y allí, en el coche, cómplice de sí misma y con Tom Waits de fondo, ingirió una a una y siguiendo los colores del arcoiris, cada vieja tiza.
Morgana, sumergida en el envenenado yeso que ahora recorría sus venas, siguió recordando momentos pasados y escenas rosadas, hasta que fueron los propios recuerdos quienes se vieron obligados a recordarla a ella.
-RIP-